Junio 01, 2024.
Hoy es un día importante para mi.
Comencé a tomar medicamentos psiquiátricos desde que tenía 15 años. Los dejé. De nuevo a los 17, los dejé. A los 18 la variedad aumentó. Muchas pruebas, tratamientos inconclusos, poca mejoría.
Después de 5 años en tratamiento continuo, bien llevado y que sí funcionó, hoy es mi primer día sin el.
Cuando tomé la decisión de dejarlo, lo hice con mucho miedo. La verdad es que llegué a pensar que mi cerebro no podría funcionar bien sin el. Y no es que crea que necesitarlo me habría hecho menos de ninguna manera, pero sí implica cierto tipo de duelo saber que dependes de algo más todos los días para funcionar.
Me había resignado.
Al principio me decían que eran como muletas. Me ayudarían a sanar con menos dolor mientras pasaba por el proceso terapéutico.
El tiempo siguió pasando y dejó de sentirse algo temporal. El año pasado viví una pérdida importante y me sentía un poco entumecida. Era como si no alcanzara a conectarme con todas las sensaciones existiendo en mi interior. De por sí en mi normalidad me resulta difícil nombrarlas, pero eso había llegado a otro nivel. Decidí que por lo menos tenía que deshacerme de las barreras sintéticas.
Conozco a muchas personas que rechazan la idea de tomar medicamentos. Lo ven como algo innecesario, algo que puede hacer más daño o que puede llegar a automatizarte de tal manera que pierdas por completo tu esencia. La verdad comprendo cada una de esas ideas, pero basándome solo en mi experiencia, puedo decir que sí y no a todo. ¿Era innecesario? Supongo que pude salir de donde estaba sin esa ayuda, sí, pero tal vez me habría tomado el triple de tiempo y energía. En el mejor de los casos.
También provocaron cambios en la forma natural de funcionar de mi cuerpo, pero nada grave, a veces molesto, a veces irrelevante. En el pasado llegué a tomar medicamentos que sí me hicieron daño. Es molesto sentirse el experimento de alguien más para ver qué funciona y qué no. Pero cuando algo por fin funcionó, no podía creer la ligereza que sentía. En lugar de haber cientos de voces (mías) gritándome al mismo tiempo, solo podía percibir susurros. Un día desperté y había silencio. Podía pensar más claramente, podía existir sin sentir que cada respiro era una tortura que oprimía más y más mi pecho hasta asfixiarme a lo largo del día.
El año pasado me cambiaron algunas cosas y sí, me sentí perdida. Casi desconectada de mi misma. Sentía que vivía mi duelo en pausas, a medias.
Dejar un tratamiento así toma más tiempo del que esperaba. Yo pensaba que en un mes sería libre. Tuvieron que pasar 4 meses.
Dejando de lado los efectos secundarios físicos (vivir mareada y con dolores de cabeza muy extraños), creo que me sentí bien la mayor parte del tiempo.
Esperaba una montaña rusa de emociones, llorar todo el día, estar irritable. Lo que pensaba que era mi normalidad hace años. Esperaba (sin quererlo) que todo se fuera al carajo y me diera cuenta de que los tendría que tomar para siempre.
Esperaba una tormenta en medio del mar y solo encontré calma. Viento suave y gentil.
Me di cuenta de que yo me construí esa paz. Se volvió casi tangible todo ese trabajo interno.
Me sentí orgullosa de mi. Eso es algo que no me ocurre mucho.
Sigo aprendiendo mucho más de mi y sigo buscando cómo mantener esa tranquilidad a la que, en algún momento, pensé que nunca llegaría.
Ya no me siento entumecida. Ahora siento una gran variedad de cosas y estoy disfrutando cada una de ellas.
Me siento agradecida de haber podido llevar un tratamiento que me funcionara, pero con muchísimo gusto le digo adiós. Ojalá para siempre.
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